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Todo va cambiando, igual no es necesario

Todo va cambiando, igual no es necesario

¡Qué quieren que les diga! En esta tierra nos hemos vuelto bobos hasta decir basta. Tenemos productos sin igual y en lugar de defenderlo optamos por fusionarlos con otros de moda (asiáticos o latinos) y nos dedicamos a hacer cartas donde el de aquí enciende sus fogones pensando en Japón y el japonés defiende el asunto canario. ¡Curioso! Pero resulta que ese viajero, el cosmopolita, espera encontrar la comida del lugar que visita y, en este caso, ¡así nos va! En nuestras calles todas las pizarras le dan cosa fina a los rollitos nem.

Otras cosas que han ido cambiando. Según avanzamos en edad fuimos dejando los rituales domingueros para dar paso a las noches de los sábados, cuando, en la animosa compañía de los más tragones de la pandilla, dábamos cuenta de unas cenas de infarto que consistían en ponernos ciegos de buen zampe.

A nivel profesional, también va cambiando el rollito. A veces, es necesario, pero ha llegado un momento en el que se sale de madre. Por ello, nos va el tema ese en el que el día de la inauguración se invita a todos los amigos y los proveedores de la casa se suman a la farra con naturalidad, sin necesidad de notas de prensa, ni “photocall” ni esas historias para no dormir que hoy tanto se estilan. Y allí están, al pie del cañón, los integrantes del equipo, llevando cada vez que salen de la cocina, sonrisa en ristre, esos platos divertidos que parten de los fogones.

Igual es culpa nuestra, pero tenemos fe en que volverán esas ideas de muchos cocineros que aún se atan el mandil por delante, abiertos a la tradición del mar, a las huertas y proyectándose hacia el futuro con ese peculiar estilo que es una agradable puesta en escena nada impostada, sabrosa y rabiosamente contemporánea. ¿Recuerdan aquellos domingos cuando al salir de misa de 12, carreteras anotadas en letras de oro en sus recuerdos de infancia, si el viejito giraba a la derecha es que íbamos a tal local y si giraba a la izquierda tocaba a tal otro? Conocíamos el trayecto de memoria, las rutas de aquellos domingos de comidas familiares, balonazos en la playa, siestas a media tarde y odiosas y obligadas digestiones de horas al raso que nos cascábamos antes de zambullirnos de nuevo en el agua.

¿Por qué les cuento todo esto? Para que vean la dimensión del careto que se le queda a uno al adentrarse en el local y ver ya platos que se marcan como imprescindibles en nuestra historia gastronómica.

Todo va cambiando. Tengan en cuenta que tenemos la fortuna de gozar en todos los barrios de fruterías bien surtidas, disponemos de una red hotelera que rompe la pana y, muy a pesar de lo que digan por ahí, disfrutamos de una red viaria atómica infectada de bares, restaurantes, tascas y mucho más.

Los patrones comunes es ofrecer lo que el cliente desea en el tiempo justo para que podamos seguir camino. Así que hacen el papel de “madres” y se preocupan de que comamos caliente, rápido, a buen precio y con mimo, a riesgo de ser pesados, les diré que todo va cambiando.

Sobre el autor

Alex Marante

cocinero y bloguero

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