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¿Qué restaurante me recomiendas?

¿Qué restaurante me recomiendas?

Un buen local es una casa en la que se come como se hacía cuando de niños (o con la primera novia) acudías a esos restaurantes de toda la vida, esos que nunca mueren, como los viejos roqueros. Hay muchas diferencias entre esas páginas que recomiendan locales y la peña que vive en el barrio. Es como cuando sales del cine y dices ¡guauuu!, pero la crítica le mete un palo a la película.

No hay mejor guía que ese primer impulso que te empuja a entrar o a poner los pies en polvorosa. Dejarse llevar por la intuición del primer golpe de vista es bueno porque te dice si valdrá la pena o no franquear el umbral. Una buena comida no se mide por lo que dicen los blogueros ni por lo que votan unos cuantos acreditados repartidos por el mundo, sino por el efecto colectivo de todas las sonrisas de la estimable clientela. Sí, los clientes son los que recomiendan bien, son los que van más de una vez, ellos son los que poseen la verdad suprema de lo que realmente se cuece en un restaurante.

Si uno entra y se acomoda en cualquier esquina verá que los fritos se cantan hoy con similar melodía: cremosas croquetas, milanesas, gambas gabardina, sabrosos pimientos rellenos, ropa vieja y carne con papas. Y se cantan al grito de ¡oído cocina! Eso hace que entren ganas de ir a comer, pero a estos cocineros de soplete en mano no les da por cocinar como siempre, en un fogón, sartén en mano y viendo bailar el ajo, no; les da por ejercer este oficio de aquella manera.

Busque esos locales donde hay pizarras, donde siempre hay una oferta fuera de carta, con estupendos productos estacionales que les hará afilar el colmillo. ¿Por qué cuesta tanto encontrar un bar y tropezar con una croqueta bien hecha, una tortilla de papas con pasaporte al cielo o un simple conejo en salmorejo? Pues porque quieren dejar obsoleta a la cocina con fuste y con fondo de armario bien apañado, esa que se viste por los pies. La cocina tradicional es como el ave Fénix, aunque los amigos de la “quimicefa” (juego de química) y de la cocina “fotográfica” contarán que la clave es el sentimiento y la emoción. ¡Ni caso! El rollito es sentarse, anudarse la servilleta al cuello, pillar los cubiertos y saborear cada bocado. Así de simple y así de complicado. En ese momento, cuando se alinean todas las constelaciones, es cuando te das cuenta de que has elegido bien el restaurante. Uno de esos sitios donde te dicen “aquí a lo que se viene es a comer, informal, pero sabroso; con ese punto desenfadado, pero cuidando al máximo el mimo por el detalle”.

El boca a oído se presenta más importante que lo que escriban en esas páginas. Si un local gusta, si lo dicen a los amigos, estos le seguirán cuales niños al flautista de Hamelín.

Podemos poner un pie en el sudeste asiático con un pad thai, pasar a Japón de la mano de un atún rojo con salsa teriyaki, para los amantes del exotismo más mediterráneo un kebab de ternera en brochetas con salsa de yogur, permanecer en la vieja Europa degustando un risotto de hongos con jamón o un muy franchute cordon bleu de solomillo; si les va el rollito latino, pueden pedir un ceviche peruano o un congrí. El tema es que todos estos platos tienen algo en común: tradición.

Con lo grande que es el mundo, con la de platos que no hemos probado viene a la mente una moqueca brasileña. ¿Cómo hay páginas que recomienden lo molecular y cómo hay cocineros que eligen confundir el paladar sin haber probado otras culturas?

Al más puro estilo de Barón Rojo: ¡larga vida a la cocina de verdad!

Sobre el autor

Alex Marante

cocinero y bloguero

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